Hay un cocodrilo en mi patio…

Hay un cocodrilo en mi patio, me ha cuidado desde que era pequeña y me ama más que a nadie…pero a su manera. Por un tiempo no nos llevamos bien porque él no se daba cuenta que yo estaba creciendo, pero ahora, después de tomarnos el tiempo para conocernos, respetarnos y trabajar en equipo, estamos mejorando, somos más cercanos y más eficientes.

De esto trata este artículo, de sueños y cocodrilos, de instintos de supervivencia y voluntades basadas en el aprendizaje de cada una de nuestras experiencias de vida.

Recientemente se ha comprobado que el cerebro funciona como una unidad en todas sus acciones, sin embargo, existe una funcionalidad diferenciada en cada región del sistema nervioso y nacemos con áreas inmaduras. Después de unos años de vida, cuando comienza el proceso de mielinización que conecta las neuronas, el neocórtex empieza a madurar y volverse funcional. Es la parte del cerebro humano responsable de la autoconciencia, la comunicación, la escritura, la sociabilidad, la creatividad y la toma de decisiones. Hasta entonces, las partes más activas del cerebro son el llamado cerebro primitivo y el sistema límbico. El cerebro primitivo es responsable de funciones de conservación inconsciente como la respiración y el equilibrio de los signos vitales entre otras; Las funciones del sistema límbico, la memoria, las emociones y el aprendizaje a través del condicionamiento (Pavlov), incluyendo, la evaluación afectiva.

Nuestro conocimiento del mundo se genera a partir de conceptos descritos a través de información sensorial externa (percibida por nuestros sentidos), información interna (lo que le sucede a nuestro cuerpo en contacto con estos estímulos) e información emocional (la forma en que experimentamos los acontecimientos). A partir de ahí se generan las respuestas.
Percibimos estímulos a través de los sentidos, que se traducen en impulsos nerviosos que llegan a la amígdala, viajando a través del tronco encefálico y el tálamo. Allí, cada concepto nuevo se genera al compararlo con experiencias anteriores y la experiencia emocional juega un papel importante.
En el momento del nacimiento, nuestro primer aprendizaje es la supervivencia, la necesidad de respirar y alimentarse, que reúne el aprendizaje emocional de la privación y el miedo a la muerte, comparándolo con lo que conocíamos antes, la comodidad del útero. El bebé humano es el más vulnerable y menos hábil del reino animal. Por ello, desarrolla las primeras estrategias de supervivencia para relacionarse con todo lo externo a él, que utilizará durante el resto de su vida adulta, incluso cuando aprenda otras estrategias emocionales e intelectuales más complejas en su desarrollo personal. Desarrollará un vínculo de dependencia con la madre, luego con la familia, su entorno, su país y otros grupos que le generen el sentimiento de pertenencia, para satisfacer un deseo profundo e inconsciente de protección. En su desarrollo, el niño imita a los adultos para ser parte del grupo y sobrevivir. Además, el perfeccionismo garantiza aprobación y genera autoestima.

A partir de los dos años, cuando desarrollamos las capacidades específicas del neocórtex, el proceso cognitivo se vuelve más complicado. La información que pasa por el sistema nervioso se valora en la amígdala en relación con experiencias previas. Si se evalúa como un peligro, se dispara la respuesta de supervivencia de lucha o huida, de lo contrario, la información pasa al neocórtex, para generar una respuesta creativa con fines de superación y autodesarrollo filantrópico u otros.

El sistema sería perfecto si no fuera por la subjetividad de la experiencia emocional vinculada al proceso cognitivo del sistema límbico, estructura cerebral de la que forma parte la amígdala. Es entonces cuando la acción de nuestros mecanismos de supervivencia, nuestra parte protectora de cocodrilo, nos sabotea. De la misma manera incontrolable que nos hace apartar la mano del fuego, que es un peligro real, toma el control de las decisiones frente a peligros ilusorios, fruto de una experiencia emocional subjetiva. Para el cocodrilo, el fuego es tan peligroso como enfrentarse a una situación que le genere estrés emocional, como cambiar de trabajo por miedo a no tener dinero, o no entablar una nueva relación por temor a ser abandonado. Ante un estrés emocional, el cerebro decide una lucha o huida involuntaria de fuerza proporcional a su importancia, imposibilitando al neocórtex influir en la decisión, y generar nuevas respuestas creativas que nos lleven al éxito, generando bloqueos en distintas áreas de nuestra vida.

Controlar estos impulsos requiere serenidad y estrategia; La mejor manera de lograr esto hasta ahora es el trabajo inconsciente de la terapia kinesiológica actuando de forma holística en todos los frentes conocidos.

En primer lugar, a través de las técnicas de liberación emocional de la kinesiología, podemos desvincular la experiencia emocional de la experiencia vital. A partir de esta situación somos capaces de dar una nueva interpretación de lo que nos ha sucedido, siendo conscientes de nuestra parte de responsabilidad y reconociendo la parte positiva de ello, lo que nos lleva al momento presente donde podemos actuar y decir ¡ya basta! , y poder encontrar soluciones racionales desde la calma, a la situación concreta que nos genera conflictos. Tomemos el ejemplo de alguien que evita cualquier trabajo que implique trabajar en equipo, lo cual es condición esencial para alcanzar sus objetivos en un momento dado. Ha experimentado el rechazo y el desprecio en diversas situaciones a lo largo de su vida y esto es lo que lo está bloqueando. Luego del tratamiento, al enfrentarte a una situación similar, al principio pueden aparecer pensamientos negativos fruto de la costumbre… “esto va a salir mal”, “no me gusta trabajar en grupo”, sin embargo, esta vez, la sensación física de ansiedad, estrés o malestar no estará presente, ni tampoco la respuesta fisiológica de sudoración, nerviosismo y el instinto de huida, pudiendo darle la oportunidad al neocórtex de actuar de manera diferente y esta vez obtener resultados y experiencias diferentes y positivas.

Más tarde, cuando hayamos calmado al cocodrilo, podremos darle lo que más le gusta del control: placer. Recuerda que nuestro primer aprendizaje es alejarnos del dolor y buscar el placer. La recompensa del éxito y de superarnos a nosotros mismos genera un placer diferente a quedarnos en nuestra zona de confort pero mucho más motivador. Aquí es cuando podemos trabajar con nuestros instintos a favor y crear nuevas creencias positivas con la terapia kinesiológica.

Al reconocer el valor de tu animal interior y darle lo que necesita, se convertirá en tu mejor aliado para dirigir tu vida.

Al transformar nuestros bloqueos en nuestro máximo éxito, podremos llevar una vida placentera y rica en nuevas experiencias.

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